Dos poemas desde el corazón hasta Delia


Flor en el ojal de la estudiante


Era la estación de las lluvias,
cuando huían los niños y las golondrinas
desde los parques anegados.

Entonces tú y yo, -duros trabajadores-
íbamos después a reunirnos
por las noches,
frente a la amable luz de los cuadernos,
aunque sabíamos mejor que nadie
lo que la espuma filosofa
sobre los acantilados:
la sabia espuma, blanca nieta del agua
primordial
y profunda.

"La flor es el motín de los difuntos"
recuerdo que decía -yo poeta-
entre las carcajadas de los compañeros.

Tarde hora nocturna
cuando te acompañaba entre las oscuridades
para que ningún perro ni voz te amedrentara,
ni alguna mano ajena te usurpase
la casi transparente soledad del cuerpo.

Edecán de una mariposa,
iba yo por las calles
con tu amor de la mano.
Sobre tus hombros el frío chal del viento
y el paisaje de tu adiós
sobre mi instinto,
cuando arribábamos a tu casa
color de lejanía,
tan cerca del mar que se sostiene sobre ella
una tibia techumbre de gaviotas
las veinticinco horas
de su extraordinario día terrestre.


Retorno


Hipotequé mi beso
en otras bocas,
caminé, me fui,
buscando dizque amor,
recorrí mil senderos,
nada hallé.

Entonces solo,
cabizbajo,
sin otra fuerza
que estar sin fuerzas,
regresé a casa
y allí estabas, amor,
esperándome siempre,
porque nadie me quiso
más que tú,
aunque solo retornara
cada domingo,
que hoy convierto
en esta eternidad.