Oda al Instituto Nacional



A orillas del silencio como crece la flor,
sube un joven al viento por peldaños de libros,
a saber de la vida, del pan y de la piedra,
del niño que padece, del hombre que batalla.

A orillas del silencio van creciendo las luces
y la noche se cansa de su vestido negro,
porque mira con ojos de astros que despiertan
a los jóvenes gráciles que inundan los senderos,
portando sus antorchas, sus carteles de lucha, como una bandada de águilas febriles,
sobre las magnolias de los libros abiertos.

Amar no cuesta nada, ni la vida tampoco.
Llover no cuesta nada, ni nacer la flor tampoco,
y en este colegio de blanquiazules jóvenes,
se aprende que el silencio es campana del futuro
cuando se lee un libro que es como una puerta,
por donde entra el hombre a valorar sus sueños,
a construir su vida, a resistir tristezas,
a medir su esperanza con reglas de alegría.

Aquí la noche vuela, se aleja entre los árboles,
quizá para ya nunca regresar al cielo;
sólo habrán de quedar los raudos azulejos,
los jóvenes que invaden los sitios de la abeja
y regresan cantando, en alto los panales,
a repartir justicia por las calles,
cual llovizna de fuego caída desde el tiempo,
mientras del punto más azul del firmamento,
estrellas de colores descienden a ceñir
las sienes de esta aurora jovial.

Sí; donde los almendros cobijan
el estudio sereno de los aguiluchos,
cubriéndolos de hojas y de gotas de rocío,
allí cerca, desde el Cerro Ancón que libre nos rodea,
lo verde se hace vida, el libro se hace savia.
La Patria se hace niña, se viste blanquiazul
y se sienta en las aulas con flores en las manos.